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Es volver de las vacaciones. Y más cuando estas han sido tan placenteras. De acuerdo, el tiempo ha sido una puta mierda. Pero ¿no nos quejábamos tanto de la falta de lluva? En fin, al menos yo he disfrutado unos polvazos estupendos, que unidos a no hacer ni el huevo durante 10 días dejan un balance perfecto.
Vuelta al guruseo y a los martillazos. Desde que empezaron a arreglar el Palacio el límite al que la paciencia puede llegar se estira y se hace increíble. Persianas bajadas. Golpes cuyo ritmo parece marcado por el mismísimo infierno. Redes tupidas para joder el paisaje vecinal... Un caos que había olvidado durante estas dos semanas pero en el que vuelvo a estar sumergido. Ni ganas de pajillas sesteadoras le quedan a uno.
 Y es que me hubiera pajeado a gusto esta tarde. He llegado a casa con la líbido en tensión, fruto de una aventura visualizadora en el metro, de esas que ocurren solo con esperarlas. Joven, demasiado como para plantearse otra cosa que un revolcón imaginario. Con una dejada camiseta de tirantes, negra y con fino tirante. Muy fashion. Piercing labial. Calentura o granítico acné. Es indiferente. Y tetas. O mejor, teta. Una de esas tetas que caen hacia arriba, que pugnan por escapar de sujección y que muestra una aureola invencible mientras el mirón babea contando las estaciones del mapa.
Buen culo, cara anónima que generaba aun más la obsesión en la teta. La teta solitaria que me decía adiós al bajar del vagón, que acompañaba la memoria en mi comida tomatera, y a la que he sido terriblemente infiel por culpa de los martillazos infames.
Vuelta al ruedo, al ágora del sexo, al foro en el que hasta lo más simple acaba haciéndome salibar...
de: http://blogs.ya.com/elixirdelujuria/c_353.hm |